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HDMI: Conexión digital
Una nueva interfaz que nos hace fácil todo. Texto: Ramon Sendra La entrada en escena de la interfaz HDMI (posterior a la “informática” DVI) nos está facilitando rápidamente el conectar nuestros equipos. A excepción de algún que otro formato más o menos estándar que todavía busca su sistema de protección de datos, ahora podemos unir lector, receptor y visualizador con 1 único cable. Pero todavía hay ciertas premisas que debemos tener en cuenta y que repasaremos en el siguiente artículo. Cuando a principios de los ochenta el CD-Audio hizo entrada en el mercado, muchos aficionados (y no tan aficionados) abandonaron precipitadamente el disco de vinilo, para encontrar en el CD un soporte de mucha más calidad sonora que el viejo disco de surcos. Hoy en día, somos muchos los que nos quedamos literalmente de piedra cuando reproducen un vinilo en un equipo de alta fidelidad. ¿No tendríamos que disfrutar más del CD que del vinilo? El problema del vinilo no es de calidad, sino de mantenimiento. Muchos usuarios no trataban con mimo los discos, dejaban que el polvo se posara en los surcos, olvidaban mantener limpia la aguja o descuidaban el ajuste con más o menos precisión del brazo del giradiscos. Para muchos, es más fácil meter un disco de 12 cm en un aparato y apretar “Play”. Pero ¿es “lo digital” tan malo en comparación a “lo analógico”? No, sin duda. Aunque no es el tema central de este artículo, esta introducción nos vale si la comparamos con las conexiones de audio y vídeo. Si retrocedemos tan sólo 1 ó 2 años y miramos la parte posterior de nuestros equipos, nos daremos cuenta de la auténtica amalgama (muchas veces desordenada) de cables que interconectan nuestros equipos. De hecho, la industria doméstica supo aprovecharse de la profesional heredando un par de interfaces digitales interesantes: la S/PDIF y la EIAJ-TosLink. A ambas las conocemos por ser transportes de audio digital, ya sea comprimido o no, ya sea mono, estéreo o multicanal. Los primeros reproductores de DVD-Video debían conectarse a diferentes etapas de potencia, no sin antes pasar por un previo que controlaba el nivel de cada una de las señales analógicas y el nivel de volumen general. Aunque por aquel entonces las cadenas de audio multicanal eran sólo 4 (las dos frontales y las dos laterales), ya suponía utilizar 4 cables independientes entre la fuente y el previo. Luego, del previo salían otros tantos cables a cada una de las etapas monofónicas o estéreo. La llegada del receptor de A/V (entendiéndolo como ese amplificador multicanal que engloba además el previo, los descodificadores y el procesado de audio adicional), facilitó enormemente la instalación de un equipo multicanal en nuestro hogar. Pero el primer hito “digital” fue la inclusión masiva de las conexiones S/PDIF y EIAJ-TosLink. Así, desde la fuente (ya fuese un lector DVD-Video o un CD-Audio) tan sólo es necesario 1 único cable hacia el receptor. Vale la pena recordar que el cable utilizado en una conexión S/PDIF (cuyos extremos utiliza dos conectores RCA o cinch) debe tener una impedancia de 75 ohmios, superior a la que utilizan los cables de audio analógicos muy similares a simple vista. La excepción de esta norma llegó con la popularización (aunque no tan masiva) de los formatos SA-CD y DVD-Audio, para entendernos, las versiones multicanal y de alta resolución del CD-Audio. A falta de un sistema que impida las copias digitales de las señales SA-CD y DVD-Audio, hasta ahora ha sido imperativo utilizar 6 cables analógicos desde la fuente al receptor (o previo), aunque poco a poco ha habido fabricantes que han simplificado esta tarea recurriendo al “cable digital”, como el MLP de Meridian, el D.Link de Denon o el uso de estándares de conexión más populares como el i.Link. Se espera que pronto una norma permita la transmisión intacta de estas señales de audio de alta resolución a través del HDMI. Pero ¿qué pasa con el vídeo? Volviendo la cabeza un par de años atrás, nos damos cuenta de la auténtica revolución (aunque silenciosa) del SCART. Este conector, únicamente popular en Europa, ha facilitado a la afición la interconexión bidireccional de señales analógicas de audio y vídeo entre componentes. Así, utilizábamos aparentemente 1 único cable (eso sí, con un conector grande y un grueso cable, a veces poco manejable) entre fuente y visualizador. El problema es que en realidad se trata de 21 señales diferentes, que en un mundo analógico implica la necesidad de “apantallar” 21 cables, en aras de evitar cualquier contaminación electromagnética. Además, el conector SCART por sí mismo nunca ha sido del todo fiable, a falta de un sistema de agarre que impidiera cualquier desconexión involuntaria. La llegada de nuevos visualizadores de mayor diagonal y de los proyectores de vídeo demandó un formato de vídeo superior al máximo que podía ofrecer el cable SCART (una señal de vídeo por componentes RGB). Era necesario algo más, sobre todo capaz de enviar señales en progresivo. Así aparece la señal Y/Pb/Pr o Y/Cb/Cr, que popularmente conocemos como “vídeo por componentes”. Se trata igualmente de tres señales de vídeo independientes, todas ellas necesarias para configurar una única imagen a color. A diferencia del SCART, estas tres señales se envían por tres cables separados, otra vez mediante conectores RCA o cinch y con cables de 75 ohmios de impedancia. Aunque la mejora en la calidad de la señal es apreciable, seguimos recurriendo a tres cables independientes, todo un engorro. Además, en el caso de los proyectores de vídeo es necesario alargar estos cables varios metros, desde la fuente al proyector. Fíjense que hemos obviado dos interfaces comunes pero olvidadas como el vídeo compuesto (1 único cable RCA) o S-Video (2 señales de vídeo a través de 1 aparente único cable mediante conector DIN-5), ya que su respectivo estándar está por debajo de la calidad potencial del PAL. Con el objetivo de reducir, no sólo la cantidad de cables que se van a utilizar, sino también la robustez de la señal entre origen y destino, a la vez que contábamos con una gran mayoría de fuentes con origen digital (CD-Audio, DVD-Video, varios ficheros “digitalizados” como MP3, WMA, DivX, etc.), se impone desarrollar una nueva interfaz “todo en uno” bajo dominio digital. Una de las principales ventajas de enviar 1 y 0, en vez de señales sinusoidales en analógico, es que ante campos electromagnéticos (los cables de altavoz, de alta potencia, suelen crear involuntariamente estos “malignos” campos) aparentemente no sufren problemas, ya que las pequeñas variaciones pueden o bien no reflejar un cambio sustancial de la información o se puede recuperar el dato “perdido” con un simple algoritmo de corrección. Así es como entra en escena la conexión DVI, desarrollada por Siemens hace muchos años y que se implanta en los diferentes equipos audiovisuales domésticos con cierta vertiginosa velocidad. El principal escollo de esta interfaz es que sólo permite el envío de señales de vídeo, tanto en analógico como en digital. El estándar fue diseñado para ambientes informáticos, y aunque consigue una buena aceptación por parte del público (el conector es mucho más pequeño que el SCART y el cable más manejable), es justamente por ello que los fabricantes rápidamente adoptan un nuevo estándar digital: el HDMI. Solucionado el escollo de las copias ilegales (bajo el acrónimo HDCP se consigue una transmisión segura), el conector HDMI aún se reduce más en tamaño y alcanza el objetivo ideal: transmisión de vídeo hasta en alta definición y varios canales de audio digital sin necesidad de comprimir. A fecha de hoy el HDMI se presenta como la conexión ideal. Al tratarse de una transmisión totalmente bajo dominio digital, podremos utilizarla como si de una “conexión SCSI” se tratara. Es decir, conectaremos 1 único HDMI del lector al receptor, y de éste al visualizador (por ejemplo a 1 televisor de plasma, y otra salida o desde el mismo televisor si incluye una, al proyector de vídeo). Como mediante la interfaz HDMI se envía audio y vídeo, no es necesario “duplicar” caminos, por ejemplo del lector al receptor y vuelta al lector para llegar al televisor. |
NO ES ORO TODO LO QUE RELUCE Las conexiones digitales esconden todo un séquito de problemas que, por suerte para nosotros, están solucionados tras muchos procesos de I+D. Uno de ellos, bastante conocido, es el jitter, que podríamos explicar como un problema cuando quien recibe los números que forman la transmisión no sabe exactamente cuándo empieza y/o termina una cadena. Solventar este problema no es fácil, pero tampoco imposible. Además, las transmisiones digitales incluyen numerosos bits “extras” dedicados a solucionar otras deficiencias propias de la transmisión. Cuando por cualquier causa un 1 se convierte en 0, estos bits sabrán reconocer el error y, en la mayoría de los casos, de volverlo al estado original. Además, tenemos que reconocer que un error en un número, cuando se envían millares por segundo, no supone una aberración visual o sonora notable para nosotros. Otra cosa es cuando las pérdidas son numerosas.
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