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Django desencadenado

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El western según Tarantino

Texto: Fabio Huertas

Hace ya varias décadas que el sistema de géneros (con productoras, estrellas, técnicos, distribución y público propio) murió. Si hoy día se siguen catalogando las películas en géneros, es solo como orientación comercial al espectador, y no porque pertenezcan de hecho a un género específico. Y el western no es una excepción: tras un periodo clásico de facturación en serie –la época de Ford, Hawks, etcétera-, comienza a agotarse al hibridarse con otros géneros: melodrama (Johnny Guitar, Nicholas Ray, 1954), el musical (La leyenda de la ciudad sin nombre, Joshua Logan, 1969), multiplica su violencia (Grupo salvaje, Sam Peckimpah, 1969) o incluso se reinventa muy lejos de su origen, perdiendo su esencia original. Así surge muy lejos de las praderas americanas, en el sur de Europa, el spaghetti-western. Subgénero crepuscular, los héroes ya no son impolutos –en todos los sentidos-, sino seres harapientos e incluso amorales. Pero supuso un nuevo florecimiento del western en los años 1960 y 1970 para después, con la llegada de la posmodernidad, desaparecer. No definitivamente, ya que ocasionalmente ha sido rescatado en obras puntuales, bien para ensalzarlo (Sin perdón, Clint Eastwood, 1992), bien como ejercicio de añoranza (800 balas, Álex de la Iglesia, 2002) o bien como ejercicio de desmitificación, como los vaqueros gays de Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005). Obras recientes de carácter autoral en las que la lectura e interpretación del género son más importantes que el género en sí.

 

Pero de vez en cuando es conveniente recordarlo: las primeras exhibiciones de cine fueron en los circos. En barracas, la imagen en movimiento era una atracción para impresionar a las clases populares, y competía junto al domador de leones y la mujer barbuda. Mero entretenimiento del vulgo, el séptimo arte debió ganarse a pulso el respeto de una intelectualidad que al principio lo despreciaba. El cine de género mantenía el arraigo popular hacia el cine, era con el que se creaba la cultura popular. Por muy denostado que fueran –y de hecho lo eran-, el western, el peplum, las películas de artes marciales y las cintas eróticas y de terror (añádase el landismo y la “comedia-sexy” como caso excepcional para España) eran las que llenaban las salas de cine por encima de otras veleidades autorales. Y al igual que muchas otras personas de su generación, la educación cinematográfico-sentimental de Quentin Tarantino surge de estas películas, solo que elevada a la máxima potencia.

Que Tarantino intente abordar el género del western solo puede ser motivo de celebración. Django desencadenado está rodado con un lenguaje cinematográfico clásico, dejando que sea el personaje de Django aquel que porta la mirada del espectador. Por otro lugar, el director hace un uso efectista de los zoom, por ejemplo, para la presentación del personaje de Calvin Candie (Leonardo DiCaprio), o del enfoque y desenfoque, o los ralentís para mayor efectismo en las escenas de mayor espectacularidad y suspense. La fotografía está muy cuidada –que se decanta por un color rojizo en la mansión de Candie, buscando rememorar un infierno en la tierra-, el guión está plagado de detalles mordaces y hay pequeñas bromas salpimentando todo el metraje (balas en sombreros, el vestuario de Django, la muela que cuelga de la diligencia, la cabalgata de unos particularmente cutres encapuchados del Ku Klux Klan con música de Wagner… una película donde prácticamente cada escena aporta material para una interpretación simbólica), una serie de imágenes muy plásticas –la sangre de Big Daddy salpicando la plantación de algodón- y un ritmo que no decae en ningún momento de la película (lo que es arduo en una película de 160 minutos). Por supuesto que existe una sangrienta matanza final, una ensalada de disparos perfectamente coreografiada que nos obliga a recordar Kill Bill Volumen 1 (2003); y como sucedió en Malditos bastardos (2009), el director se basa en algún suceso histórico –en este caso, la lucha contra la esclavitud o los caza recompensas- para crear una historia particular y completamente irreal fiel al mundo personal del autor. Coincidiendo con Lincoln (Steven Spielberg, 2012) en el carácter antirracista y la ambientación temporal de la trama, Spielberg mima con celo la verosimilitud y el rigor histórico, mientras que Tarantino parece solo preocupado en que la acción y el entretenimiento no decaiga en ningún momento. Las ideas y el ingenio le queman en las manos a nuestro director, que en ningún momento sabe ocultar cómo le entusiasma y le divierte su trabajo, contagiando así en todo momento su emoción al espectador. Cine de palomitas en el sentido de que todo está dispuesto para que el público disfrute en su butaca, buscando el componente colectivo lúdico que ya existe en las películas que el director admira y que aquí homenajea.

Porque, por supuesto, ese es el otro -e imprescindible- aspecto a comentar al hablar del cine de Quentin Tarantino: el elemento meta-referencial en las películas de Tarantino hacia todo un cine que homenajea. El acercamiento al western por parte de Tarantino no solo se hace para revisitar el spaghetti-western: tanto el título como una de las principales canciones de Luis Bacalov son una referencia directa de Django (Sergio Corbucci, 1966) incluido un pequeño papel del protagonista de aquella, Franco Nero; también los scores de Ennio Morricone son numerosos, pero aquí están extraídos de Dos mulas y una mujer (Don Siegel, 1970), relectura yanqui de la relectura europea del western. También las referencias al blaxploitation son notables, no solo por cuanto que se trata de una película de lucha y reivindicación de los negros, sino que se explicita en tanto que la esposa del protagonista se apellida Von Shaft. Además de acentuar la película con una banda sonora plagada de rock&roll clásico, pero también de rap de la escuela de la Wu Tang. Es decir, una multitud de referencias completamente diversas de la cultura popular que el director introduce directamente en su obra a través de la cual crear la suya propia. Todo ello aderezado de mucha sangre y violencia que, no nos engañemos, no solo es pulsión del propio Tarantino, sino que también es lo que buena parte del público reclama en multitud de producciones (recuérdese además que el gore empieza a generalizarse a partir de la década de 1970). Si recientemente varios semiólogos, como Paolo Fabbri, están acuñando el término de “era del remix”(*)con la que referirse a los creadores que generan sus propios contenidos a través de la reutilización (en ocasiones literal) de obras ya realizadas por creadores previos, es posible que por el interés, diversidad de procedencia, respeto hacia los precursores y finalmente, resultados obtenidos y éxito entre el público, posiblemente deberíamos hablar de Tarantino como uno de los autores más representativos de nuestro tiempo presente.

SONIDO: En una película como esta, el sonido se encuentra muy cuidado. La simulación de la sala de cine queda perfectamente conseguida en la utilización de varios efectos sonoros como: el silbido de la bala al matar a Big Daddy, o el sonido de borbotones de sangre emanando en la ensalada de balas final.

DOBLAJE: Si bien en todo caso es en 5.1 (tanto en castellano como en catalán), es preferible escuchar la película en versión original inglés. No por la calidad del sonido sino por la calidad de las interpretaciones.

IMAGEN: El empleo de la imagen súper panorámica (que como anota López Sangüesa, remite a “los westerns bigger than life de Aldrich o Fleisher” ) hace de esta película un ejemplo óptimo para verla en Blu Ray y disfrutarla con el cine en casa. La edición es nítida, no se pixela, y mantiene la textura de los colores originales y la cuidada fotografía original.

EXTRAS: Sorprendentemente escasos si los comparamos con los que aportan otros Blu Ray. En este nos encontramos tres pequeños documentales, que juntos no legan a los 40 minutos: el primero explica, con entrevistas a los miembros del equipo incluidas (director, principales intérpretes y especialistas), cómo se prepararon las escenas de los caballos y el trabajo con las armas; el segundo habla acerca del diseño de los trajes; y el tercero es un homenaje al diseñador de producción J. Michael Riva, que murió durante el rodaje. También incluye un par de anuncios tanto de otros DVDs de Tarantino como de la banda sonora de la película. No incluye el tráiler de exhibición en salas.

















(*)Fabbri, Paolo, “La era remix”, en Revista de Occidente, nº 370, marzo de 2012.


FICHA TÉCNICA

AUDIO: 5.1 DTS-HD. IDIOMAS: Inglés, Catalán, Español. SUBTÍTULOS: Inglés, Cantonés, Mandarín, Indonesio, Coreano, Malayo, Español, Sin Subtítulos. IMAGEN: 2,35:1 1080 p. DIRECTOR: Quentin Tarantino. REPARTO: Jaime Foxx, Christopher Waltz, Leonardo DiCaprio, Kerry Washington, Samuel L. Jackson, Don Johnson, Franco Nero, Walton Goggins, Dennis Christopher, James Remar, David Steen, Dana Gourrier, Nichole Galicia... DISTRIBUIDORA: Sony Pictures Entertainment



Calificación:

 

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