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COMPRESIÓN. Verdades y mentiras.

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Todos los aficionados a la alta fidelidad vimos llegar con cierto temor la aparición de los formatos de audio comprimidos, convencidos de la pérdida de calidad que iba a conllevar. El paso del tiempo ha ido poniendo todo en su sitio y, si bien, hay muchos casos en los que la compresión ha hecho que muchos oyentes escuchen música en unas condiciones deplorables, no es menos cierto que ha abierto un amplio abanico de posibilidades a todos los que amamos el mundo audiovisual.

Texto: Redacción

Como observación inicial, cabe decir que nos vamos a limitar al sonido, ya que entrar en formatos de vídeo comprimido nos podría dar material para preparar dos artículos más para nuestra sección “En vanguardia”. Empecemos por el concepto de compresión. Es una reducción del tamaño de los archivos de audio, y se realiza a través de un algoritmo. Éste es generalmente conocido como codec de audio. Dependiendo del tipo de codec que se emplee, tenemos dos categorías diferentes de compresión: sin pérdidas, también conocida por su denominación en inglés lossless, y los formatos con pérdida de información, vulgarmente conocidos como lossy.

Entre los primeros, los más populares y con un uso más frecuente, destacan FLAC (Free Losslees Audio Codec) o APE, original de Monkey’s Audio. Este formato tiene una condición que también debemos tener en cuenta, y es que no introduce silencios adicionales, lo que resulta muy cómodo para conciertos o sesiones, aunque ya hay software para solucionar esta circunstancia con facilidad.

En lo que se refiere a los formatos con pérdidas, sin duda alguna sobresale el popular MP3 (MPEG1 Audio Layer 3). Éste fue desarrollado por el Moving Picture Experts Group (MPEG) y su estándar es de 44 KHz y un bitrate de 128 kbps por la relación de calidad/tamaño. Decimos “estándar”, porque puede alcanzar un bitrate de 320 kbps, pero eso rompe el equilibrio entre calidad y tamaño. Su competencia es (¿fue?) el AAC (Advanced Audio Coding), desarrollado por Apple, que permite la misma calidad de un archivo MP3 en menor espacio. En lo que concierne al MP4, se utiliza con frecuencia como alternativa al MP3 en el iPod y en iTunes. La calidad del codec AAC que se almacena en MP4 es mayor que la de MPEG-1 Audio Layer 3, pero su utilización no tiene tanta difusión actualmente como la de MP3.

Respecto a los CDs de audio, cuando trabajamos con ellos en un ordenador, los convertimos en un formato sin pérdidas WAV (WAVEform Audio Format). Se utiliza para almacenar sonidos en el PC, admite archivos mono y estéreo a diversas resoluciones y velocidades de muestreo. A pesar de que el formato WAV puede soportar casi cualquier codec de audio, se utiliza principalmente con el formato PCM (no comprimido) y al no tener pérdida puede ser usado por profesionales. Para tener calidad disco compacto se necesita que el sonido se grabe a 44.100 Hz y a 16 bits; por cada minuto de grabación de sonido se consumen unos 10 megabytes de disco duro.

Llegados a este punto, la pregunta es inmediata: ¿por qué habiendo formatos sin compresión que ofrecen un nivel superior, el MP3 ha alcanzado tan enorme difusión? El motivo es muy sencillo: este formato descarta parte de los datos sin gran pérdida de calidad, de modo que produce un archivo poco voluminoso que pueda ser transmitido por Internet. Hace unos años, y aunque la frase que viene a continuación está bastante manida, lo importante era el tamaño. En especial, cuando se trataba de transferir datos a través de Internet. Un disco normal de cinco minutos de duración puede ser comprimido a un archivo de dos a cinco megabytes si se utiliza MP3 u otro formato lossy. Sin compresión, el mismo disco podría ocupar entre 50 y 60 megabytes de disco duro. A día de hoy, podemos hablar de estas cifras con cierta naturalidad, y no nos resultan excesivas. Pero ahora sitúense en un año no tan lejano. Por ejemplo, el 2000. En esa época, hace apenas ocho años, un gran porcentaje de las conexiones a Internet en este país eran a través de un modem de 56k. La única forma de la que se podía trabajar con formatos de audio era con archivos comprimidos. Ese fue el momento de la gran difusión, el momento en el que el MP3 era la única manera de tener música almacenada en el ordenador y poder escucharla. Pensemos también que hoy hablamos con ligereza de un Terabyte. En aquellos tiempos, la capacidad del disco duro de un ordenador de sobremesa podía rondar los 10 Gigabytes. Tampoco vamos a negar lo evidente, y es la importancia que tuvieron en aquella época los programas de intercambio de archivos, los abuelos de Ares o BitTorrent, que fueron Edonkey, Napster o Audiogalaxy.

Ahora centrémonos en 2008. El ancho de banda ha multiplicado su velocidad y ya podemos trabajar con formatos lossless, o archivos de gran tamaño con total comodidad. También muchas productoras discográficas se han dado cuenta y ofrecen descargas sin pérdidas o incluso la última tendencia es pagar por la calidad que se necesite. Es decir, un precio por un MP3 con un bitrate de 128 kbps y otro por un Studio Master a 24 bits, disponible incluso en multicanal. Es una buena manera de flexibilizar este servicio de pago, y sobre todo de ajustarse a las necesidades del oyente. No es lo mismo un reproductor MP3 portátil para ir en transporte público, que el aficionado que escucha una ópera en su casa, en un equipo que supera los 100.000 €. Una vez dicho todo esto, los fabricantes también se han dado cuenta de lo que estaba sucediendo: la ingente cantidad de música que tenían los usuarios almacenada en sus discos duros, o incluso CDs olvidados o vinilos que querían tener a su disposición de la forma más cómoda posible. De esta manera, comenzaron a surgir en el mercado los llamados servidores musicales (también algunos fabricantes lo llaman reproductores multimedia, pero pensamos que ese producto está más vinculado con la informática que con el sector audiovisual). Estos equipos disponen de conexión a Internet, y la mayor parte de ellos cuentan con un disco duro de gran capacidad en el que guardar la música. En otros casos, éste es externo, y el principal hándicap a superar es la velocidad de transmisión de datos (especialmente si es de manera inalámbrica). Por ello, la forma más sencilla de evitarlo es a través de un sistema de almacenamiento que, en mucho casos, supera el Terabyte de capacidad y que nos garantiza el acceso a todos nuestro contenidos, tanto procedentes de formato físico (ripeados sin pérdidas) o directamente desde descargas de Internet. Lógicamente, todo son ventajas: acceso inmediato a todo el material, ganancia de espacio físico y, por encima de todo, misma calidad de sonido que un reproductor de CD. La pregunta surge de inmediato: ¿entonces qué sucede con el soporte óptico? Hay fabricantes que ya están apostando directamente por el formato online como el único, pero no olvidemos que un lector de CD incluye componentes que estos servidores no incluyen y que los más puristas exigen, por ejemplo, un DAC de alta gama que garantice una conversión óptima y un Master Clock (o Reloj Maestro). Con esto no queremos decir que todos los servidores musicales carezcan de estos elementos, ya que habría que analizarlos uno por uno, en un laboratorio, pero sí es un argumento de peso para quienes defienden el CD. Además, no podemos olvidar que los servidores musicales llevan una placa base que necesita un ventilador para no sobrecalentarse y eso es un ruido adicional que puede molestar a muchos. Hay algunos modelos que ya han sabido solventar esta situación, pero no todos, lo cual es otro aspecto que debemos tener en cuenta.

Asimismo, conviene recordar que todos tenemos segundos y terceros equipos, los cuales sólo están preparados para soporte físico (otra cuestión distinta es que, además, puedan leer MP3, pero el soporte es óptico). Aunque ya prácticamente todos vienen preparados para una base Idock o con un USB para cualquier reproductor, no todos lo están para reproducir formatos lossless como el FLAC. Por último, está una cuestión estrictamente nostálgica, que se vincula directamente con lo que está sucediendo actualmente con el vinilo, aunque aquí también hay muchos matices que comentar. Por cierto, Luis Llana lo explica con todo lujo de detalles en su artículo sobre el previo de Lehmann en este mismo número. Lo que queremos significar es lo orgullosos que nos sentimos de ver los CDs que hemos ido adquiriendo a lo largo de toda una vida, y aunque ganemos espacio, nos costaría un mundo deshacernos de ellos.

Nosotros vemos el futuro de manera que tendremos un disco duro con una gran cantidad de contenidos que reproduciremos en nuestro equipo principal a través de un servidor musical y, además, un lector DVD o Blu-ray en el que poder disfrutar de los soportes físicos. Pero como siempre sucede en el mundo de las tecnologías, hay algunos fabricantes que ya están dejando de producir lectores de CD para pasarse exclusivamente al soporte online. Obviamente, es una opción de cada constructor, pero en cualquier caso, y desde nuestra posición, nos parecen dos opciones perfectamente compatibles y que pueden convivir con total naturalidad. El futuro decidirá.