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La verdad de los colores

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Hay quien dice que los colores en un visualizador es algo subjetivo... pues no. Descubre cómo se estandariza el color.

Texto: Alberto Gilabert

Cuando pensamos comprar algo solemos querer lo último y “lo más”. La cámara de fotos con más megapíxeles, el coche con más caballos, el café cultivado en la más alta estepa colombiana, el televisor con más resolución y más colores... En el número de febrero de CEC ya discutimos si esta “manía” de la Full HD tenía sentido en según qué diagonales. Ahora vamos a abordar otro reto: ¿necesitamos tantos colores? ¿Realmente es necesario que un visualizador sea capaz de reproducir (y perfectamente) una mejor paleta gráfica que los tradicionales? Siempre está bien que cuanto más haga (sin problemas) mejor, pero muchas veces estos extras tecnológicos implican un precio de venta notablemente superior. En aras de buscar una relación calidad/precio perfecta, creemos que vale la pena ponderar todos y cada uno de los avances tecnológicos utilizados en las estrategias comerciales para descubrir si realmente el sobrecoste nos es o no necesario. El color es parte responsable de convertir las imágenes en sensaciones, en emociones. Su importancia es absoluta y el objetivo de todo visualizador es conseguir reproducirlo con la máxima fidelidad posible, tal y como el creador de los contenidos visuales ha predicho. Hay estándares y normas que ayudan a ello. Además, son muchos los fabricantes que de manera consciente o no se “saltan” estas normas o no consiguen con sus tecnologías respetar este reto que parece tan obvio. Curiosamente, el televisor de tubo (TRC) sigue siendo el espejo al que toda nueva tecnología aspira a parecerse, puesto que ha sido la base y el inicio de todo estándar aplicado.

La guerra de Vietnam supuso un duro varapalo para la sociedad norteamericana. Era la primera guerra que podían seguir por televisión, y ésta justo empezaba a ser en color. Las imágenes de sus soldados muertos, llenos de sangre roja, impactó a una sociedad acostumbrada a la televisión en blanco y negro. El color es sensación, sentimientos. Los creadores de contenidos, los artistas, lo saben perfectamente y realizan sus producciones cinematográficas cuidando hasta la saciedad la reproducción del color. Los diseñadores de televisores siempre han buscado esa correspondencia entre lo que uno puede ver en el cine y lo que puede conseguir en el salón del hogar. Curiosamente, la “vieja y obsoleta” tecnología TRC es de las que mejores resultados ofrece en el campo del color, justamente por esa facilidad de concordancia colorimétrica entre los fósforos y la percepción humana. Además, a diferencia de los de hoy, los que graban, los que editan, los que emiten y los que disfrutan de las películas en su hogar, utilizaban antaño la misma tecnología de visualización. Es ahora cuando mezclamos tubos con plasmas, LCD, DLP, SXRD...

Existen unos estándares que definen cuál es el rango de colores a reproducir que se basó en la tecnología de tubo, cuando incluso las cámaras de vídeo eran también de tubo. Los nuevos estándares de vídeo en alta definición siguen a rajatabla los cánones aplicados desde hace más de cincuenta años. ¿Para qué modificar algo que, en definitiva, no hace la imagen mejor? Recuerden que en estas páginas estamos hablando exclusivamente del color.

Las nuevas tecnologías de visualización (básicamente plasma y LCD, aunque también sea aplicable a cualquier otra tecnología de visualización) necesitan unos complejos procesados de señal para conseguir que las señales de vídeo que les llegan (ya sea a través de las ondas herzianas, vía cable, satélite o desde un lector de DVD-Video) sean mostradas como si se tratara de un TV TRC. Algo que puede parecer incoherente sabiendo que el gamut estándar (que se definició con el TRC) es mucho menor al gamut que pueden ofrecer los paneles de plasma o LCD. Pero, como sabemos, todo procesado implica modificación, y si ésta no está controlada el resultado suele ofrecer unos colores falsos, artificiales. Es posible que este televisor “defectuoso” presente una escala cromática muy superior a la de cualquier TRC, pero será incapaz, por ejemplo, de reproducir con fidelidad esos colores, digamos, básicos. He aquí una de las estrategias que suelen utilizar los fabricantes para “seducir” a sus posibles clientes: la maximización de los datos. Siguiendo esta moda de “cuanto más, mejor”, es fácil ver sentencias como “un TV que es capaz de reproducir toda la gama de colores del estándar de televisión y más” y, aunque esto puede ser posible, técnicamente lo que tendríamos que demandar es, como mínimo, que dicho televisor sea capaz de reproducir perfectamente poco más del 72% de los colores que se definieron en el estándar PAL y NTSC a mediados del siglo pasado.

Hay tres valores críticos relativos al color cuando nos referimos a un visualizador: gamut, gamma y punto blanco. Ellos nos sirven para definir cómo se reproducen los colores en cualquier TV. La intención, cómo no, es que lo haga siguiendo unos estándares que, como ya hemos visto, fechan del siglo pasado. No hablaremos, por ejemplo, del brillo y/o el contraste. De hecho, estos valores últimos son los que hacen que “veamos” una imagen, mientras que el color es el que otorga “emoción” a lo que estamos viendo. Piensen en la cantidad de veces que hemos defendido unos colores: en los partidos de fúbtol, en las guerras o en prácticas de cromoterapia, tan de moda últimamente. Las empresas se gastan enormes cantidades de dinero sólo en diseñar sus logos identificativos: un mal color puede producir una sensación desagradable a ojos del consumidor. Incluso la ausencia del color puede dar resultados interesantes, como hizo Spielberg en La lista de Schindler. En The Matrix se utilizaron dos vias de color muy diferenciadas: el verde en las escenas que ocurrían en la matriz y el azul cuando se estaba en el mundo “real”. Las actuales técnicas digitales en el campo del celuloide facilitan enormemente el control de los colores durante el proceso de producción, puesto que ya no se depende de las emulsiones químicas. En cualquier caso, los directores están muy concienzados sobre la necesidad de controlar el color. Lo mismo en el campo de la televisión. Cuando apareció Canal+ en nuestro país a muchos de nosotros nos sorprendió su nivel de negros; Antena3 suele ofrecer imágenes muy saturadas que hacen la emisión incluso única.

Definimos gamut como el rango de colores disponibles (o que el visualizador puede mostrar). Lo más fácil para identificarlo es mediante la conocida carta CIE, identificando el gamut disponible dentro del triángulo central que aparece en la carta CIE. ¿Cuál debe ser el gamut “mínimo” de un televisor?

Uno de los primeros estándares de teledifusión importantes fue el NTSC, que definía completamente cuál debía ser el gamut. Actualmente este gamut está obsoleto y, lo curioso, es que, por parte de las organizaciones correspondientes como el IEC, se recomienda cumplir con un 72% de este gamut. Es decir, la recomendación ITU Rec.709 es, en términos generales, menor al gamut NTSC. El único punto donde esta ITU Rec.709 supera al NTSC es en la reproducción de los azules. Es curioso observar cómo los diferentes colores tienen mayor o menor importancia en los humanos. Nuestros ojos, en general, son más sensibles a los azules, algo que se cree es debido a la necesidad de saber a lo largo del día en qué “hora” estamos. El cielo no tiene el mismo azul de madrugada que por la tarde o justo en el mediodía; así sabemos las horas.

¿Por qué aceptamos un gamut de color que no es al 100% completo a un estándar dado?

El estándar de color NTSC americano fecha de 1953 y definió el gamut de colores para la televisión. Aun así, en esa época los fósforos que se utilizaban para las televisiones TRC no cubrían esas especificaciones, por lo que la EBU estandarizó un gamut más restrictivo en la EBU Tech. 3213 en los 60. Lo mismo hizo el SMPTE para Estados Unidos en su recomendación RP145 en los 80. Finalmente, en 1990, la ITU publicó la ITU-R BT.709 (conocida como Rec.709), recogiendo lo mejor de los dos estándares anteriores (se basó en los primarios azules y rojos de la EBU y el verde medio entre la norma EBU y SMPTE). La Rec.709 define el gamut estándar para las actuales normas HDTV. Así las cosas, sí es verdad que se cumple al 100% una norma, la Rec.709, aunque ésta defina sólo el 72% de la norma NTSC. Esto no indica, para nada, que “perdamos” un 28% de los colores, puesto que los creadores de contenidos (los coloristas), los fabricantes de visualizadores y nosotros, los espectadores, estamos utilizando (o deberíamos) la misma “paleta gráfica”. Por mucho que un televisor sea capaz de reproducir más rojos, no habrá contenidos de vídeo que “pidan” esos rojos. Si el procesado de vídeo de un televisor tiene como objetivo “ampliar” el gamut de la señal de vídeo lo que estaremos viendo es una “aberración”, puesto que no veremos los colores que el creador ha deseado que veamos.

Asimismo, no todo visualizador que afirme cumplir el 72% del gamut NTSC cumple a la vez con la norma Rec.709, puesto que quizá no lo hace en la misma paleta gráfica. Esto es muy habitual en según qué televisores LCD.

Nuestro ojo sólo puede recibir una cantidad determinada de diferencias de color (mejor dicho, es capaz de distinguir dos colores sólo cuando su separación se nos hace evidente), aunque no sigue un patrón determinado. Hasta la llegada de los sistemas digitales, con los TRC era difícil encontrar (de hecho, no existía) una evaluación que permitiese identificar cuántos colores podía mostrar un modelo determinado. El mundo digital sí permite (debe) identificar y cuantificar cada color. Cuantos más colores ¿mejor? No siempre.

Nuestro ojo es más sensible a los cambios de brillo que al color (por eso de noche todos los gatos son pardos). Por muchos colores que un televisor en concreto sea capaz de reproducir, la escala de grises define la capacidad del ojo humano de percibir tales diferencias. Asimismo, entra ahora el concepto de gamma. Nuestro ojo no ofrece una relación lineal de la percepción del brillo. Resolvemos con bastante facilidad tasas de brillo del 50%, mientras que evitamos “quemar” el brillo alto. Esta respuesta no lineal debe tenerse en cuenta a la hora de diseñar un visualizador: su curva de gamma no puede ser lineal. De hecho, los TRC tienen una curva de 2,5, mientras que la Rec.709 define una gamma ideal del 2,2 (que es la gamma que asumen la mayoría de los contenidos almacenados tanto en DVD-Video como en HD DVD o Blu-ray). Los paneles de plasma, LCD y otros no tienen la misma curva de gamma que los TRC, por lo que es necesaria una modificación de la imagen. Los plasmas tienen una curva fundamentalmente lineal, por lo que el procesado se hace evidente. En la actualidad es necesaria una profundidad de 10 bits por color para conseguir una excelente respuesta en negros después de la comentada corrección. Esta profundidad es más que suficiente para cualquier cometido.

Peor lo tiene, por ejemplo, el LCD, cuya curva de gamma tiene forma de “S”. Les cuesta mucho reproducir los negros y fácilmente confuden los últimos grises con el blanco. El procesado de vídeo debe ser todavía más preciso y aunque los fabricantes aseguran que con una profundidad de 10 bits es suficiente, la práctica demuestra que no, sobre todo por la complejidad de la propia curva en forma de “S”.

Finalmente queda el punto blanco o white point. Nuestra capacidad ocular de distinguir diferentes blancos es realmente espectacular, pero sólo uno puede ser elegido como “blanco” cuando participan diferentes etapas en el proceso (grabación, producción, emisión, visualización...). Aun así, existe cierta unanimidad y se estandarizó el blanco D65, o blanco a 6.500 K. Existe otro estándar que lo utiliza el mundo informático y Asia: el blanco de 9.300 K.

LA ETERNA BATALLA DEL LCD VS PLASMA

Los pocos fabricantes de plasma que quedan en el mundo están de enhorabuena. Su tecnología es de las pocas, amén de la de TRC, que cumple sobradamente con las especificación Rec.709. Eso no quiere decir que no haya ningún TV LCD que no pueda cumplir con ello, pero la verdad es que lo debe hacer a costa de un procesado de vídeo muy preciso, que podríamos traducir en “caro”.

En próximos números trataremos sobre las diferencias entre ambas tecnologías de manera más profunda, en cierta manera, para justificar que el plasma sigue siendo una tecnología superior a la LCD en la mayoría de los casos, sobre todo para el disfrute de los contenidos audiovisuales.

Pero la tecnología LCD parece ganar terreno al plasma, justamente por factores que nada o poco tienen que ver con la reproducción del color: es menos costoso de fabricar y, ya por fin, permite una versatilidad de producción mejor. Esto no nos impide demandar a fabricantes y diseñadores un esfuerzo mayor en la consecución de los estándares acordados.

Una solución para hacer verdaderamente perfecto al LCD consistiría en realizar producciones bajo los parámetros específicos de la propia tecnología LCD, pero sería improducente reproducir esos mismos contenidos, por ejemplo, en un plasma, en un TRC o en un visualizador de tecnología diferente. Para eso existen los estándares: para permitir que una producción realizada en Estados Unidos o en Sudáfrica pueda ser visualizada en todo su esplendor en un televisor europeo, africano o australiano.

 

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